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SUS PADRES


PADRE:

Si todos los hombres fueran como Solomon Gorovitz, un inmigrante lituano nacido el 4 de noviembre de 1872, el machismo sería conocido hoy como una ideología cuyas intenciones se concentrarían en proteger al sexo débil de los abusos de las mujeres. La vida del pobre Sol consistió en una serie de huídas y escondites bajo la tan enorme como aterradora figura de su esposa, Jennie.

Sol era joven cuando en Lituania corrió la voz de que los soldados del Zar registraban a todos los hombres de su edad para incorporarlos al ejército. Las condiciones eran más duras para los judíos, ya que los tiempos de servicio resultaban intolerablemente largos e incluso, en ocaciones, se veían obligados a la conversión. Era necesario preparar su huída pero su inexperiencia y falta de enjundia decidieron a la familia hacerlo casar con su prima Jennie,, más robusta, enérgica y emprendedora. Con papeles falsos, Solomon y su nueva esposa escaparon en barco rumbo a América. Ocultos en la bragueta de sus pantalones, Sol llevaba una bolsita con cien rublos. El miedo a perder el dinero -toda su pertenencia- lo obligaba a tocar constantemente su escondite ante la mirada desaprobadora del resto del pasaje.

En 1892, dos años más tarde de la llegada a Nueva York, Sol
empieza a trabajar como cortador de ropa. Pierde el empleo y se hace
corredor callejero. Lo molesta una banda de matones antisemitas: lo
empujan contra una pared y el impacto enciende unas cajas de fósforos que formaban parte de su mercancía. Sol sale corriendo sin largar el
paquete y a los alaridos. Intentando ayudarle, la gente le arroja agua
desde las ventanas. Llega a su casa empapado y con su carga quemada.

La imagen resulta reveladora para Jennie. Si alguien iba a sostener esa familia, si de alguien dependía que se cumpliera el sueño americano para unos miserables lituanos llegados en racimos humanos en un sucio barco, ése no sería Sol. Jennie toma las riendas del hogar. El precio a pagar por Sol consistía portar los comentarios hirientes de su dominante mujer, y cuando la situación se hacía por demás insoportable, no le quedaba otro recurso que ponerse el sombrero y marcharse de paseo por un rato no sin antes dar un portazo en señal de resignada protesta.

Debe haber sido una experiencia extraña para Solomon Gorovitz. Joven e inexperto, introvertido y tímido, es arrancado de su lugar de origen para ser depositado en otro, donde América no era más que una utopía o un nombre incomprensible, con una esposa impuesta a la cual teme. Aprender un idioma, ganarse la vida, formar una familia: acertijos que la vida le impone a una persona sin instrucción ni personalidad. Las fotos lo muestran con una expresión en su rostro en el cual se conjugan el desconcierto y la resignación. Para colmo, sus tres hijos menores encaran una profesión incomprensible y deshonrosa en la cual tienen éxito. Sol Gorovitz nos mira desde las fotos como preguntando: «¿Qué es todo esto?».

Falleció el 19 de diciembre de 1943, a la edad de setenta y un años. Las anécdotas de Los Tres Chiflados casi invariablemente lo dejan fuera.

Jenny, en una de sus visitas a Saratoga Springs. (1924)

Sol, el solitario.


MADRE:

Nacida el 4 de abril de 1869, Jennie era tres años mayor que su marido. Robusta, fuerte y con un carácter dificil, fue creciendo en su trabajo hasta ganar fortunas con la compra y venta de bienes raíces. Una anécdota muestra algunas de las facetas más duras de la madre de los Chiflados. Hacia 1901 la famili contaba con cuatro vástagos: Irving de dos años, Jack de ocho, Samuel (a quien llamaban Shemp) de seis, y Moses ( conocido como Moe) de cuatro. La familia crecía y era necesario darle a los hijos un cuidado que ella no estaba en condiciones de ofrecerles. Solomon tenía una hermana de catorce años, Esther, aún viviendo en Europa. Por idea de Jennie, Esther cruzó el Atlántico para hacerse cargo del cuidado de los cuatro chicos Horwitz. La tarea de críar cuatro niños ajenos no resultaba muy alentadora, mucho menos pensamos que dos de ellos con el tiempo serían futuros Chiflados, lo cual dotaba a la tarea de connotaciones casi insalubres. Sin embargo, lo peor no era eso. Lo peor era la patronal: Jennie. Como los cuartos de la casa eran para alquilar, asignar uno a la niñera significaba resignar un ingreso y por lo tanto Esther se vió forzada a menudo a dormir en las escaleras. La cosa terminó bastante mal, con la huída de Esther (ayudada por el marido de su hermana Celia, quien vivía en Nueva York), y una demanda presentada por Jennie para que su cuñada devolviera la inversión que se había hecho en ella.

Jennie nunca vió con buenos ojos que sus hijos se dedicaran a la comedia y mucho menos que en nombre de su arte se golpearan con tanta furia. En 1933 va al cine a presenciar el primer corto de Ted Healy and the Racketeers para la MGM: Nertsery Rhynws. La gente ríe descontroladamente con las gracias de sus hijos. Jennie no. Los exagerados efectos de sonido y los «gags» y los «boings» que rompían los tímpanos eran aterradoramente realistas para ella. A medida que aquel escándalo aumentaba de intensidad en la pantalla, Jennie se iba agitando más y más hasta que, incapaz de retener sus emociones, empezó a murmurar en voz baja mezclando el inglés y el yiddish «¡Vey... locos idiotas! ¡Tenían que irse a Hollywood para matarse entre sí!. Después perdió el control por completo y, al recordar el acto de vaudeville de sus hijos que tanto odiaba, gritó: <No era suficiente que se metieran dedos en 1os ojos, ahora tienen que usar garrotes y martillos!». Sin tener en cuenta a los niños de los asientos cercanos que la miraban, siguió gritando a la pantalla « ¡Moe, eres un mal chico! Le estás pegando a Babe, tu hermano menor.. Para eso trabajé como una esclava toda la vida.. Para que mis hijos fueran estrellas de cine. ¡Bah! ».

Incapaz de contenerse y totalmente frustrada, saltó de la butaca y cargó sobre el escenario, agitando el paraguas amenazante y aullando con voz histérica: « ¡Que te dé la viruela, Ted Hea1y! ».

Hay un momento tremendo en la vida de Curly, que simboliza la abrumadora carga que significaba llevar semejante madre. En 1929, a la edad veintiséis años, Curly se casa en secreto. Tan en secreto que aún hoy ignoramos el nombre de su esposa. El objeto de tanta privacidad es obviamente a Jennie que por un millón de razones distintas y contradictorias entre sí, se opone a la boda de su pequeño Jerome. La farsa sólo puede durar unos meses. Cuando
la maadre se entera, se desata el escándalo con el único desenlace posible: la
separación de Curly.

En 1935 la relación de fuerzas se invierte. Los efectos de la crisis se hacen
sentir y los negocios de Jennie se resienten en forma definitiva. A pedido de sus
hijos, ahora éxitosos, Jennie deja la costa. Este junto a su marido y se instala
en los Angeles. Su estadía allí no pudo estar signada por otra cosa que la
decadencia. Carente del poder de otrora, decae y enferma. Muere en septiem-
bre de 1939. A pesar de su carácter dictatorial y su personalidad tormentosa, sus hijos la adoran y la recuerdan como un ángel.

Jenny y Sol, orgullosos del primogénito Irving (1933)

PADRE Y MADRE:
Fines del siglo pasado. De los más recónditos rincones de Lituania llega una pareja, los Gorovitz, a América. La idea era hacerse la ídem, salvarse. Se instalan, trabajan duramente, tienen hijos. Pero una desgracia ocurre: ninguno se convierte en un profesional. Peor aún: tres de ellos se hacen comediantes, lo cual es casi más deshonroso que no trabajar. Sueños y pesadillas del inmigrante. Perder el apellido Gorovitz se convierte en Horwitz por una equivocación de los empleados de aduana-, modificar sus sueños de grandeza, pelear por la supervivencia, convertir a sus hijos en algo distinto de lo que ellos son. Pero, ¡por el amor de Dios, no tan distintos!.

Sin embargo, los hermanos Horwitz (al menos tres de ellos), ignorantes de los sueños de sus padres, no piensan en otra cosa que no sea la magia del vaudeville, las carcajadas del público, el olor a humedad de los camarines despintados y las luces que apuntan desordenadamente. Sus nombres nos dicen poco: Samuel, Moses, Jerome. Sus seudónimos en cambio resuenan en nuestra memoria con la inmediatez de Billiken y Anteojito, del Capitán Piluso y del Túnel del Tiempo. Cada generación los asociaró con recuerdos distintos. El conjunto de nostalgias cambiará varios de sus elementos, pero ellos se mantendrán inalterables como el café con leche y las medialunas. Se conocen como Shemp, Moe y Curly -el apellido muta otra vez y se hace Howard-, y junto a un amigo de nombre Larry escribirán los años gloriosos del grupo. Señores, con ustedes... Los Tres Chiflados.

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